Próximamente en mi pelo…

Próximamente en mi pelo…

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You called me fat and now I’m gonna be the skinniest girl you’ve ever seen.

Miedo y orgullo.

Como sé que nadie lee esto no tengo miedo a decirlo.

Siempre me he visto gorda, muy gorda. Pocas veces en mi vida me he sentido bien con mi cuerpo, casi nunca.

En el último año, he tenido muchos problemas de autoestima y depresión. Me odiaba. Tanto mi interior como mi cuerpo. 

Aunque estos problemas han remitido bastante (en grandísima parte gracias a Juanpy) todavía están ahí. Estoy un poco más en paz conmigo misma, con lo que es mi personalidad. Pero mi cuerpo es gorda, desproporcionado, celulítico y asqueroso.

Mi autoestima sigue más bien baja y mi cuerpo sigue gordo.

Entonces, hace 4 semanas, me llamaron gorda.

Ese fue el detonante. Siempre había querido hacer aunque fuera una simple dieta pero nunca era capaz. Sin embargo, me llamaron, literalmente, vaca y no lo soporté más.

Ahí empezó todo.

Comenzó con un inocente ”comere más sano y ya, son solo unos kilitos”. Entonces descubrí a mis princesas y descubrí los cuerpos thinspo.

Sí, entonces descubrí la perfección de esa hermosa y saludable delgadez. Comencé a apenas comer y comer solo cosas que no engordaran nada. Hacía días de ayuno parcial. Pasaba ansiedad. Sucumbía en las galletas y entonces lloraba. Poco a poco me fui obsesionando. Me pesaba cada día y no había momento que no deseara mirarme en el espejo, como esperando que de un momento a otro mi cuerpo fuera a ser perfecto.

La obsesión fue a más. Apenas comía, me peso una vez en semana para intentar motivarme y hacía abdominales y caminaba tanto como puedo. 

No era suficiente. No es suficiente.

Lo exageré todo mucho más, no hay un momento que me mire al espejo y no sienta asco de la piel en la que estoy encerrada.
Aunque he perdido unos seis kilos me he comprado un fármaco para diabéticos que quita el apetito para no pasar ansiedad. Miles de veces había intentado vomitar y no he podido…

Hasta hoy.

Hoy, he conseguido provocarme el vómito por primera vez en mi vida. A día de hoy, sigo sonriendo diciendo que no estoy obsesionada y que no tengo hambre. La semana pasada casi me desmayo. Me da igual.

Ahora, las chicas que antes consideraba delgadas, ya no lo están. Quiero estar aún más delgada. Quiero hacer lo que sea para ser perfecta.

Mi pensamiento ahora mismo, lo que me dice mi cabeza es: No hay ninguna comida que sepa tan bien como la satisfacción de un cuerpo delgado.


Creo que soy anoréxica nerviosa.

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Mi novio tocando la guitarra.

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Tengo miedo a la muerte, porque amo. No temo el fin sino la degradación.

Nunca, jamás, había tenido a mi muerte. Sí, claro está, a la de los demás pero jamás a la mía. Siempre la había tenido como asumida, fuera cuando fuera y aunque me gustaría vivir muchas cosas, no me arrepiento de lo que he vivido, sea mucho o poco. A veces, incluso, había pensado en el suicidio. Creo que cualquier persona que esté cuerda lo ha pensado alguna vez; esta vida a veces resulta muy dura o vacía.

Sin embargo, y a pesar de todo esto, un día amé. Un día no. Muchos meses, muchos meses conociendo y compartiendo con una persona me hicieron amar. Me hacen amar. Terriblemente. Amar como es posible que nunca ame más en mi vida. Amar tanto como para, a mi corta edad, llegar a creer que es la persona definitiva. Y entonces, entonces le temí a mi muerte.

No le temí por la prepotencia de pensar que la otra persona quedaría destrozada para siempre ni nada de eso. Simplemente, le temí al desgaste.

Aunque parezca extraño, cuando estoy en sus brazos desearía que muriéramos los dos en ese mismo instante y, si eso es egoísta, al menos morir yo. Morir joven y junto a él, que mi principio y mi fin sean junto a él. Que la sensación que conserve al morir sea la de estar en sus brazos, y sus besos. Y hacerlo joven, hacerlo cuando, dentro de mis límites y mis características, esté en la plenitud de mi belleza y mi salud.

A esta muerte no la temo. De hecho, la deseo. La deseo horriblemente. Más aún porque temo a la otra.

La otra muerte es la degradación, es el agotamiento. No es un simple fin, sino la certeza de que mi tiempo se acaba, de que mi tiempo con él se acaba. Vivir una vida larga y plena junto a él, hacerme a vivir y disfrutarlo y, al final… ser un ente viejo que esta esperando su final. O, si él falleciera antes, pasar esta angustia sola. Sin él. Supongo que quizá me suicidaría.

Cuando yo sea anciana, enloqueceré. Enloqueceré intentado aferrarme del modo que sea a la vida. Porque saber que ya la has acabado, que la has vivido, te la han dado, y ahora se acaba, me resulta insoportable.

Preferiría mil veces más que mi vida se acabara ahora, dulce, activa, feliz; que agotada, vivida, manida. Recordando cosas que quiero volver a tener y que ya no volverán.

Porque, hacedme caso, es peor el recuerdo que el deseo.

Imaginarme de vieja, aguardando para morir. Sabiendo que puede ser hoy o en 5 años, Me causa un mordazón en el pecho, me acelera el corazón y me atraviesa como la más ardiente de las dagas. A penas puedo soportarlo.

Supongo que es que le tengo un pánico horrible a no ser dueña de mi muerte. A no decidir cuándo será. A no ser yo quien lo decida o lo asuma. Porque, ahora mismo, si mi casa explotase, lo asumo. Pero entonces… entonces no. Enloquecería. Y es que solo tengo 17 años y ya tengo miedo de que mi vida se acabe. De que mi vida toque a su fin. No que se interrumpa, sino que se agote poco a poco y me deje vacía, esperando ese maldito futuro incierto.

Y sé que todo esto lo siento porque amo. Si no amara, no haría posesión de mí esa desesperación por permanecer eternamente con él. Con el que ahora se ha convertido en mi vida. Mi compañero en un viaje cuyo fin me provoca la más horrible de las naúseas.

No temáis al fin. No temáis a subiros a un avión. A montaros en una moto. A poneos a 200 por una autopista. Hacedlo. Hacedlo porque esa muerte llena de euforia, de triunfo, de amor y de juventud, es mucho mejor que la degradación.-